viernes, 15 de junio de 2012

Vacaciones Santillana

"—Se nos olvida algo... Estoy segura —sentenció Dolores meneando la cabeza.
—No empecemos, Loli, ¡por favor te lo pido! —rogó su marido encorvado sobre el volante—. ¡Si ni siquiera hemos salido de la ciudad!
—Pero falta algo, ¡seguro! Y me desespera no saber el qué... Déjame repasarlo todo otra vez: persianas cerradas, luces apagadas,...

La escena se repetía un verano más en el pequeño utilitario de los Santillana. Habían salido muy temprano, en un vano intento de evitar el colapso de la autopista. Pero Jacinto sabía que eso era imposible; que a esas horas todo el mundo trataba de salir en dirección a la costa. Como ellos. Cinco horas de asfixiante viaje en aquel diminuto coche lleno de maletas. Y de niños:

—Papá, tengo sed.
—Pues bebe, hijo.
—Pero es que está caliente.
—Pues es lo que hay.
—Pero yo no quiero agua caliente.
—Ni yo aguantarte todo el viaje, Lucas. Así que o lo bebes o te callas o paro el coche y te tiro de cabeza al río más cercano para que te hartes de agua fresca.

Jacinto oyó cómo Lucas, tras unos segundos de duda, abría la botella y le daba un buen trago. A su lado Dolores seguía repasando.

—..., puerta cerrada con llave, las tres maletas en el maletero,...
—Loli, cariño, ¡relájate! Todo está en orden, ¡nos vamos de vacaciones!
—¡Claro mamá! Ahora por lo menos nos reñirás estando en la playa —bromeó Lucía, la mayor.
—Ya, ya... Espero que no me deis ningún susto en el agua, o que a Rosi no le dé por desaparecer bajo la arena, ¿eh, Rosi? —rió a su vez la madre preguntando a la más pequeña, pero al no recibir respuesta alguna se sobresaltó—. ¿Rosa? ¡Ay Jacinto, ya está, que nos hemos dejado a Rosa en casa!
—Chsst, ¡mamá! ¡No des voces! Se quedó dormida en cuanto arrancó el motor.

A Jacinto cada vez le temblaba más el pie sobre el pedal del embrague. Se suponía que era el día en el que empezaba la tranquilidad y decía adiós al estrés. Pero la playa estaba todavía demasiado lejos...

—Papá...
—¿Qué, Lucas...?
—Tengo pis.
—¡Será posible! ¡¿Y tú ahora por qué lloras, Loli?!
—¡¡Porque no recuerdo qué he olvidado este año!! —estalló Dolores, enrabietada.

Las vacaciones de los Santillana empezaban por todo lo alto.".


···

Un pequeño e inocente relato justo antes de irme de vacaciones. Quince días en los que espero leer bastante, escribir mucho y desconectar totalmente de la rutina diaria.

Y en verdad quiero aprovechar estas dos semanas para tener al fin el tiempo necesario para pensar y dar formar a varios proyectos que tengo pendientes. Entre ellos dar un verdadero arreón al mundo de Cohntinua (escribiendo el Segundo Capítulo y continuando con el diseño de personajes y criaturas), ideas para este blog (una rima, dos nuevos relatos, las aventuras de Dinoacetil CoA,...) y otros proyectos más ambiciosos que no tienen forma de blog.

Pero como siempre, del dicho al hecho hay mucho trecho, así que ya os contaré a mi vuelta.

Portaos bien y disfrutad todo lo que podáis estos días.

Hasta la próxima.

lunes, 21 de mayo de 2012

Historias que contar

"El inspector frunció el ceño mientras volvía a bajar la sábana, tapando con cuidado el rostro desfigurado del joven. La caída había sido breve, pero mortal de necesidad desde un séptimo piso. Y para Linares la cosa estaba clara: un pequeño salto y adiós a las deudas, el paro y la madre que los parió a todos.

Se levantó y vio a su alrededor a los dos agentes que empezaban a inspeccionar el lugar antes de subir a la vivienda del ahora cadáver: Roberto Pedregal Cortés. Toledano, de 29 años. Casado y sin antecedentes. También observó resignado la multitud que se agolpaba ya en torno al cordón policial, murmurando y especulando a voces. Morboso y ávido de sangre, como siempre había sido el populacho en la humanidad. Destacaba sin embargo, entre tanto revuelo, un pequeño pero fuerte hombre de sombrero calado y hombros anchos. Llevaba en la boca un cigarro a medias y entre sus toscas manos una pequeña libreta donde anotaba sin parar con un lápiz.

Fue esto último lo que más inquietó al inspector Linares, que dejó al muerto descansar en paz por un momento para dirigirse a él:

—Buenos días.
—Buenos días, señor inspector —saludó el tipo mientras escribía—; una mañana movidita, ¿verdad?
—Sí, eso parece señor... —respondió inquisitivo, forzándole a mantener una conversación.
—Miñambres. Ceferino Miñambres —se presentó al fin, mirando de arriba a abajo al agente para describirle con detalle en su cuaderno.
—¿Se puede saber qué escribe usted con tanto interés, señor Miñambres? —El tono del inspector sonó autoritario, incluso irritado—. ¿Es usted escritor?
—¿Escritor? ¡Oh, no! Yo no soy escritor... No invento las historias, ¿sabe? Sólo... escribo lo que veo.
—¡Ah! Entiendo... Es usted periodista —El policía no bajó la guardia; detestaba que los periodistas hurgaran en plena investigación.
—No, no... Los periodistas escriben los sucesos tal y como ocurren; como son. O al menos así debería de ser... —explicó el hombre sin dejar de anotar—. Hechos fríos; objetivos. Yo sin embargo intento contar toda una historia, sin inventarme nada, a partir de lo que observo.
—¿Y qué es lo que observa aquí, señor Miñambres? No sé por qué pierde el tiempo en un simple suicidio...

Ceferino Miñambres dejó por primera vez de balancear el lápiz sobre el papel y clavó su mirada sobre el inspector, perplejo. Molesto.

—¿Un simple suicidio, dice usted? Yo no estaría tan seguro de ello, querido inspector. Ya desde aquí he podido percibir detalles que me hacen pensar inequívocamente en un homicidio.
—¿Ah sí? ¿Y cuáles son? —preguntó Linares mesándose el bigote mientras decidía si deshacerse o no de aquel charlatán.
—Bueno, en primer lugar destacaría el cepillo de dientes que se encuentra allí en el suelo, muy cerca de él, y que supongo agarraba cuando fue arrojado por la ventana —señaló con el lapicero—. Nadie se suicida mientras se lava los dientes...
—...Cosas más extrañas he visto...
—... o cuando acaba de tener una hija recién nacida, tal y como están contando los vecinos.
—Son evidencias endebles y demasiado forzadas, ¿no cree? —carcajeó el inspector triunfante.
—No, no lo creo. Sólo refuerzan la pista más clara: no hay ni una sola ventana abierta en todo el edificio.

Linares abrió la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente tras mirar hacia arriba. El tal Ceferino Miñambres tenía razón: todas las ventanas estaban cerradas. Incluso las del hogar del difunto. Y aunque en verdad había visto cosas extrañas en su trabajo ninguna como un suicida al que le diese tiempo a saltar y cerrar la ventana por la que acababa de salir.

—Sabe usted demasiado, señor Miñambres... —respondió al fin reflexivo.
—No crea, señor inspector —replicó con sonrisa pícara mientras retomaba sus notas—; sólo soy... observador. Un curioso en busca de historias que contar.
—Tenga cuidado, no vaya a ser que un día las historias se terminen...
—Ah, no. Para nada. Siempre hay historias que contar. Y todo el mundo, a fin de cuentas, se dedica a contarlas. Todos. Ya sea un científico, contando la historia de la realidad, o un político, contando la que le interesa. Pero todo el mundo cuenta historias...
—¿Y yo? ¿Qué historia cuento yo, señor Miñambres? —preguntó Linares, muy lentamente y amenazador. Había decidido por fin echarle de allí con una patada en el trasero.
—¿Usted? La mejor de todas, inspector. La historia del bien y del mal. La lucha entre la perseverancia del agente de la Ley y la habilidad del delincuente —sonrió a más no poder Miñambres, mostrando una perfecta dentadura cerrada en torno al ya consumido cigarro—. Mi favorita.

La respuesta descolocó a Linares, que no supo qué decir durante unos segundos. Y ni siquiera pudo soltarlo cuando por fin se le ocurrió, ya que lo llamaban con premura sus agentes desde el portal de la casa.

—Nada más que mirar aquí abajo, señor. ¿Subimos arriba? Quizás el suicida haya dejado una nota.

Pero Linares supo que no encontrarían ningún mensaje. Lo comprendió cuando se dio media vuelta y vio que el hombre había desaparecido sin dejar rastro. Y lo entendió al fin cuando, horas más tarde, le confirmasen que no existía ningún ciudadano llamado Ceferino Miñambres.".

lunes, 12 de marzo de 2012

Sonidos de Cohntinua: Los Nuevos Moradores

Inauguro, por fin, el cajón de "Melodías" con algo procedente de otro de mis blogs: Cohntinua.

Hace un tiempo, mientras escribía el primer capítulo de las peripecias de los Sóntur en Cohntinua, me propuse acompañar cada episodio con una "canción", una pista que evocase un poco lo que se acababa de leer. Melodías simples (quizás demasiado, debido a mi pequeña capacidad de composición) que conformasen, al final del viaje, una verdadera banda sonora de la historia y del blog.

Es por tanto el momento de empezar ese viaje sonoro, con las melodías introductorias (identificadas más abajo) procedentes del primer capítulo: "Los Nuevos Moradores"

Que lo disfruten, que sean capaces de perdonar la mala calidad del sonido (y las posibles notas plagiadas, y la simpleza del todo...) y que con cada capítulo pueda traeros más:




00:00 - 00:20 — Cohntinua
00:20 - 00:40 — Lar Sóntur
00:40 - 01:00 — Lar Yared
01:00 - 01:24 — Lar Zarog
01:24 - 01:48 — Lar Xanti
01:48 - 02:04 — Lar Nalûk
02:04 - 02:12 — Lar Sóntur (bis)
02:12 - 02:28 — Cohntinua (bis)

jueves, 1 de marzo de 2012

Fin del trayecto


Se había fijado en él incluso antes de que se sentara a su lado. Su corriente aspecto y su serena actitud le habían llamado la atención desde el momento en que le vio subir al autobús. Carraspeó nerviosa y guardó el periódico del día, en el que volvían a hablar de aquellos extraños asesinatos; dos conductores del transporte urbano muertos en el último mes.

—Menudo tráfico hay hoy, ¿eh? —dijo al fin, nerviosa, tras varios minutos—. Son todo frenazos y acelerones...
—Sí, el típico viaje en autobús... Y tampoco la pericia del conductor ayuda mucho, la verdad —replicó el extraño muchacho con cierto desprecio, tras permanecer callado durante unos segundos sorprendido de que la chica le dirigiera la palabra—. Éste es además uno de los peores...
—Jaja, ¿acaso conoces a todos los conductores de Granada?
—Podría ser. Si no a todos a la gran mayoría. Y pocos se salvan...

La chica le vio hundirse en el abrigo, volviendo a sus propios pensamientos. Ella asintió con la cabeza, dando su aprobación.

—Son horribles, sí... Desquician a cualquiera. Y no sólo ellos, sino el transporte urbano en general. El servicio de la Universidad es exasperante, entre retrasos y problemas varios... Pero veo que no somos los únicos que tenemos algo contra ellos... —afirmó la joven, señalando con el dedo el titular del periódico.

Su acompañante se giró hacia ella y la miró fijamente a los ojos, como si intentara ver en su interior.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó con curiosidad, sonriendo.
—Leticia, ¿tú?
—Leticia... ¿Y a qué te dedicas?
—Soy bióloga. Sí, aún existimos —bromeó al ver su cara de sorpresa—. Bióloga de bota, en concreto; y eso que dicen que la bata de laboratorio me sienta muy bien. ¿Pero qué hay de ti?
—Bueno... Antes era vigilante; nocturno. Mas eso se acabó hace algo más de un mes, cuando me despidieron al llegar tarde por enésima vez, debido al autobús... Ahora me dedico a... poner las cosas en su sitio.

Leticia no llegó a comprender del todo el sentido de sus palabras, pero le daba igual. Aquella eterna y misteriosa sonrisa le había conquistado por completo. Estaba absorta en él; tanto que ni se enteró del último y desproporcionado frenazo del vehículo, ni de la blasfemia lanzada por el muchacho.

—Bueno, fin del trayecto. Aquí me bajo —le dijo en voz baja—. Ha sido un placer conocerte, Leti; espero que volvamos a vernos pronto.

El chico le sonrió por última vez y se levantó en dirección a la parte delantera. Sosegado, como siempre. Tranquilo incluso cuando sacó la pistola del interior de su chaqueta y apuntó al conductor, que acababa de abrir la puerta. Impertérrito al bajar las escaleras, acompañado por un pequeño reguero oscuro de sangre. Satisfecho, cruzando la calle.

Ajeno a la histeria desatada en el autobús. Como Leticia, que suspiraba mirando por la ventanilla.

—Pues es bien mono...


···

De nuevo un pequeño relato. Y de nuevo por un reto procedente de Twitter.
Esta vez por parte de Leticia, que tras un intercambio de opiniones sobre lo desesperante que puede llegar a ser el transporte urbano me propuso un relato (con cameo incluido) en el que un usuario desquiciado se dedicase a matar "autobuseros".

También por ello esta entrada va a dedicada a todos los que hemos sufrido alguna vez los retrasos, frenazos y agravios varios de este tipo de transporte (aunque también considero que es un trabajo en el que se puede perder la paciencia fácilmente).

Hasta la próxima.

domingo, 12 de febrero de 2012

Paseando a Miss Daisy

El 5 de Enero de este apocalíptico año 2012 tenía lugar la siguiente "conversación" en Twitter:




¡Vamos con ello!

···


"—¿Por qué me tiene que estar pasando esto a mí? —se preguntaba en voz baja, apretando los dientes—. ¿Por qué hoy?

Carolina destacaba por la calle. Todo el mundo la seguía con la mirada o se detenía en seco abriendo bien los ojos. Y eso era justo lo que ella pretendía cuando salió de casa aquella mañana; que la gente la contemplase boquiabierta. Pero, desgraciadamente para ella, no lo hacían por su dorada melena ni su maquillaje perfecto. Ni siquiera por el costoso vestido que había comprado para la boda de su hermano Roberto. Todos la miraban; a ella... y a su acompañante.

—Bonito cerdo, señorita —le dijo un agradable anciano al detenerse en un semáforo, sin ningún tipo de maldad.
—No es cerdo, es cerda —respondió molesta, harta de ser el centro de atención—. Y de bonito no tiene nada...

El señor se disculpó y se alejó al encenderse la luz verde, lamentando haber abierto la boca. Carolina miró al suelo y vio al animal levantar la cabeza hacia ella, antes de lanzar una nueva serie de pequeños gruñidos. Los mismos que había soltado una hora antes, cuando la vio por primera vez en el portal de su otro hermano, Luis.

"Es una sorpresa", le había dicho. "Para Roberto. Se va a descojonar de risa. ¿No es preciosa? Se llama Daisy, como la pata. Sí mujer, la de dibujos animados. La novia de Lucas. ¿O era Donald? Da igual. ¿No es preciosa?" Había repetido de nuevo, levantándole la cerda hasta los ojos para que viera sus bonitas manchas negras. "Pero tienes que hacerme el favor de llevarla tú hasta el banquete. Si, lo sé, lo sé. ¡No te pongas así! Eres la única que va directamente al restaurante, sin pasar por la iglesia. Y ninguno de nosotros puede llevarla allí; tiene que verla en el banquete. ¡Gracias, pequeña!".

Y allí estaba ella. En medio de la ciudad, "paseando a Miss Daisy", como la película. Maldiciendo su suerte. Maldiciendo a la cerda, a su hermano Luis y, ¿por qué no?, a su hermano Roberto, por celebrar su boda con aquella víbora un 5 de Enero, cuando todo el mundo estaba en la calle haciendo las últimas compras de Reyes. Gente que no cesaba de mirarla, como aquel joven con auriculares en las orejas y móvil en la mano que pasó al lado suyo estupefacto, con cara de querer escribir algo sobre lo que estaba viendo.

—Bueno, Daisy... Lo has conseguido: ya me has quitado el protagonismo. Sólo espero que no me quites también a mi novio...

Y la cerda gruñó una vez más, como si respondiera. Ufana. Indicándole que se anduviese con ojo; que no hay mayor belleza que la natural..."


miércoles, 8 de febrero de 2012

Sobre el (no) Nobel de Tolkien

Antes de empezar tengo que aclarar que este artículo, al ser de opinión, no será del todo objetivo. Y no importa. Porque para eso es "de opinión", y porque me basaré en mi propio punto de vista para abrir el debate.

Empecemos lanzando la pregunta. Sin más:

¿Por qué J. R. R. Tolkien no ganó nunca el Premio Nobel de Literatura?

Efectivamente, vamos a hablar del maestro John Ronald Reuel, creador de "El Señor de los Anillos" y de todo el universo que hay detrás de esta obra (por si me está leyendo algún marciano que no lo sepa).
Es ésta una cuestión que me he preguntado durante mucho tiempo, casi desde que lo leí por primera vez hace ya más de 10 años, cuando cada tomo costaba ¡1400 pesetas!. Y me la vuelvo a plantear ahora una vez más, coincidiendo con la noticia publicada en The Guardian en la que se filtra que la candidatura de Tolkien (presentada por C. S. Lewis, creador de "Las Crónicas de Narnia" y gran amigo suyo) fue rechazada en 1961 por "prosa pobre". Tal cual. Sin decir una palabra más.

Pese a que no quiero centrar la entrada en la argumentación del jurado (la cuál sí me parece pobre...) creo que me da la excusa perfecta para sentarme de una vez a pensar el tema con calma y colocar en su sitio mis ideas. Y de paso explicaros por qué  creo que Tolkien merecía ese Nobel.

¡Va por ti, maestro! (bonita pintura de bluinfaccia).


Bajo mi punto de vista, un galardón de la importancia del Premio Nobel debería ser otorgado a personas cuyo trabajo sea destacable y que hayan marcado un antes y después en el campo a considerar. Es decir: obras de calidad, relevancia e incluso repercusión.

¿La obra de Tolkien reúne estas cualidades? Pasemos a analizarlo brevemente...


Calidad:

"Prosa pobre", dicen...

A Tolkien siempre se le ha criticado desde el punto de vista literario. Y no sin razón, por supuesto, aunque muchas veces esas críticas se cimientan en la envidia o la curiosa tendencia de censurar lo que gusta o está de moda. Pero lo que nunca se podrá decir es que la literatura de Tolkien es "pobre". De hecho, la crítica más extendida (y que comparto) es su excesivo detallismo en las descripciones. El ocupar líneas y líneas dibujándonos hasta el más mínimo musgo que crece sobre el tronco caído de un viejo roble en lo profundo de un oscuro bosque septentrional (imaginad frases así a lo largo de 1-2 páginas enteras).
Tengamos sentido común: ¿escribes "prosa pobre" cuando, precisamente, te critican por pasarte de largo? Incluso iré más allá: ¿en verdad tu obra es "pobre" cuando has creado uno de los mayores universos literarios? ¿Cuando has inventado razas, lenguas y toda una cronología histórica?

¿Acaso mis emociones son "pobres" si reconozco cuánto me emocioné al leer la carga de los Rohirrim o la subida al Monte del Destino? No sé muy bien cómo se puede valorar la calidad literaria de una obra, pero no creo que la mala literatura pueda hacerte vivir o sentir tantas emociones como consiguió conmigo (y con muchísima gente) este escritor.


Relevancia:

Enlazando con lo que decía anteriormente, las obras merecedoras de un Premio Nobel de Literatura deberían suponer un punto de inflexión que hiciese cambiar, en mayor o menor medida, la manera de percibir o de crear nuevos textos. Es decir, influir en la Literatura posterior a su publicación. Y aquí sí que no cabe discusión alguna en que la obra de J. R. R. Tolkien es de las más relevantes de la Literatura moderna.

Para darnos cuenta de ello sólo tenemos que pensar en la fantasía que se escribía antes de que apareciesen sus historias, la cuál era prácticamente inexistente. Existía mucha mitología, cierto. E historias épicas, como la saga artúrica o los cuentos relacionados con el anillo del Nibelungo. Pero no existía nada como lo de Tolkien. Nada tan sólido, extenso y heroico. Él lo empezó todo; con él nació la "fantasía épica" (o "alta fantasía").

Y ya no es sólo que su obra sea importante en sí misma, sino que gracias a ella aparecieron otras muchas de gran relevancia en las generaciones siguientes. Admitámoslo: sin Tolkien nunca se acercaría el invierno de "Juego de Tronos". Nadie pasaría horas jugando a "Warhammer" o "World of Warcraft". Incluso muchas películas indispensables hoy en día jamás habrían existido, siendo el caso más curioso "Star Wars" (algún día os contaré la poco conocida historia entre George Lucas y "El Señor de los Anillos").

Es ahí donde radica la gran importancia de sus escritos. Y donde Tolkien se vuelve realmente fundamental dentro del mundo de las letras y del arte en general.


Repercusión:

No confundir con el anterior punto. Antes intentaba analizar el efecto que ha producido J. R. R. Tolkien en creaciones posteriores, pero ahora me gustaría resaltar su impacto en la sociedad, en los lectores. Su "fama", por decirlo de alguna forma.

Por supuesto que éste es un punto menor en el debate, y por ello lo menciono en último lugar. De ser realmente importante el número de fans de un libro no os quepa la menor duda de que las responsables de cicatrizadas aventuras mágicas o triángulos amorosos con colmillos de por medio (de distinto tipo) tendrían ya su galardón, más o menos merecido. Pero ello no impide que se destaquen los números: más de 150 millones de libros vendidos de la trilogía, a lo que habría que añadir los datos del resto de relatos. Una barbaridad.

Pero ¡ojo!, porque esto no ha de ser necesariamente bueno al 100%. De hecho, estoy seguro de que Tolkien no está tan bien valorado como debiera debido precisamente a este aspecto; a que su obra se ha convertido en un verdadero referente (¡y en ocasiones religión!) para mucha gente. En que da la sensación de que sólo gusta a "freaks" y no a lectores elitistas de novelas indigestas y letras presuntuosas. Esta idea, sumada a la temática fantástica (siempre marginada y poco valorada, tanto en la literatura como en el cine) puede que motive la ¿argumentación? de la Academia Sueca.


Y como veo que me estoy extendiendo demasiado, y que la subjetividad empieza a pesar más que la razón, lo voy a dejar aquí. ¿Qué opináis vosotros? ¿Existe, tal y como pienso yo, calidad y relevancia suficiente para ser merecedor del premio? ¿O por el contrario Tolkien es un escritor sobrevalorado cuya obra flaquea frente a otros grandes de las letras?

Me encantará saber vuestra opinión, mientras asimilo por fin que Tolkien nunca recibirá un Premio Nobel (nunca se da a título póstumo, salvo por causa justificada). Pero tranquilos, es algo que no me quitará el sueño.

¡Hasta la próxima!

viernes, 13 de enero de 2012

Última


"Se asomó desde su escondite, con precaución; poniendo toda la atención posible a sus sentidos y procesando cuanta información le llegaba. Era un acto rutinario, instintivo; como todo su comportamiento. Cuando interpretó que no había ningún peligro cercano salió por fin al exterior.

Subió rápidamente por un montículo de arena hasta llegar a lo más alto, donde pudo al fin notar la presencia del Sol. Eran pocos los rayos que conseguían colarse entre aquella capa eterna de partículas en suspensión, pero a ella no le importaba. Siempre se había sentido más cómoda moviéndose entre la oscuridad. Y más aún para buscar comida, ahora que escaseaba.


Ya no se acordaba de cómo era el mundo de antes. Incluso se había olvidado de aquella terrible sacudida que hizo crujir la tierra y arder el aire, arrasando todo y a todos a su paso. Ella sólo era capaz de vivir el día a día, que ya era bastante teniendo en cuenta lo difícil que era sobrevivir.

Sobrevivir... Se detuvo de nuevo y volvió a asegurarse de que todo iba a bien. Que estaba a salvo. Y comprobó que a su alrededor todo seguía igual. Que no había nadie...

Nada...

Entró en el bajo de uno de los pocos edificios que seguían en pie. Un local que en su día se llenaba de café y pastas. De partidas de cartas, conversaciones agradables y risas sinceras. Pero nada de eso quedaba ya; todo se había ido. Y todo le era ahora ajeno a ella, salvo la necesidad de comer. Dejó atrás mesas polvorientas y cristales rotos hasta llegar a la parte trasera del establecimiento, donde hacía un tiempo había encontrado alimento en abundancia y a donde había regresado cada día.

Y allí comió y comió hasta que se sació. Quién sabe si por última vez, pero siempre en soledad. Sin saber nada de lo que había ocurrido aquel día. Sin saber que el azar había convertido una de las leyendas urbanas más comentadas en realidad. Sin saber, esa pequeña cucaracha, que probablemente era la última criatura animal viva sobre el planeta...".

···


¡Qué mejor forma de inaugurar el año 2012, tan famoso por lo del calendario maya, que con un relato post-apocalíptico!

Feliz año nuevo a todo el mundo, y que las palabras nos sigan acompañando...