lunes, 21 de mayo de 2012

Historias que contar

"El inspector frunció el ceño mientras volvía a bajar la sábana, tapando con cuidado el rostro desfigurado del joven. La caída había sido breve, pero mortal de necesidad desde un séptimo piso. Y para Linares la cosa estaba clara: un pequeño salto y adiós a las deudas, el paro y la madre que los parió a todos.

Se levantó y vio a su alrededor a los dos agentes que empezaban a inspeccionar el lugar antes de subir a la vivienda del ahora cadáver: Roberto Pedregal Cortés. Toledano, de 29 años. Casado y sin antecedentes. También observó resignado la multitud que se agolpaba ya en torno al cordón policial, murmurando y especulando a voces. Morboso y ávido de sangre, como siempre había sido el populacho en la humanidad. Destacaba sin embargo, entre tanto revuelo, un pequeño pero fuerte hombre de sombrero calado y hombros anchos. Llevaba en la boca un cigarro a medias y entre sus toscas manos una pequeña libreta donde anotaba sin parar con un lápiz.

Fue esto último lo que más inquietó al inspector Linares, que dejó al muerto descansar en paz por un momento para dirigirse a él:

—Buenos días.
—Buenos días, señor inspector —saludó el tipo mientras escribía—; una mañana movidita, ¿verdad?
—Sí, eso parece señor... —respondió inquisitivo, forzándole a mantener una conversación.
—Miñambres. Ceferino Miñambres —se presentó al fin, mirando de arriba a abajo al agente para describirle con detalle en su cuaderno.
—¿Se puede saber qué escribe usted con tanto interés, señor Miñambres? —El tono del inspector sonó autoritario, incluso irritado—. ¿Es usted escritor?
—¿Escritor? ¡Oh, no! Yo no soy escritor... No invento las historias, ¿sabe? Sólo... escribo lo que veo.
—¡Ah! Entiendo... Es usted periodista —El policía no bajó la guardia; detestaba que los periodistas hurgaran en plena investigación.
—No, no... Los periodistas escriben los sucesos tal y como ocurren; como son. O al menos así debería de ser... —explicó el hombre sin dejar de anotar—. Hechos fríos; objetivos. Yo sin embargo intento contar toda una historia, sin inventarme nada, a partir de lo que observo.
—¿Y qué es lo que observa aquí, señor Miñambres? No sé por qué pierde el tiempo en un simple suicidio...

Ceferino Miñambres dejó por primera vez de balancear el lápiz sobre el papel y clavó su mirada sobre el inspector, perplejo. Molesto.

—¿Un simple suicidio, dice usted? Yo no estaría tan seguro de ello, querido inspector. Ya desde aquí he podido percibir detalles que me hacen pensar inequívocamente en un homicidio.
—¿Ah sí? ¿Y cuáles son? —preguntó Linares mesándose el bigote mientras decidía si deshacerse o no de aquel charlatán.
—Bueno, en primer lugar destacaría el cepillo de dientes que se encuentra allí en el suelo, muy cerca de él, y que supongo agarraba cuando fue arrojado por la ventana —señaló con el lapicero—. Nadie se suicida mientras se lava los dientes...
—...Cosas más extrañas he visto...
—... o cuando acaba de tener una hija recién nacida, tal y como están contando los vecinos.
—Son evidencias endebles y demasiado forzadas, ¿no cree? —carcajeó el inspector triunfante.
—No, no lo creo. Sólo refuerzan la pista más clara: no hay ni una sola ventana abierta en todo el edificio.

Linares abrió la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente tras mirar hacia arriba. El tal Ceferino Miñambres tenía razón: todas las ventanas estaban cerradas. Incluso las del hogar del difunto. Y aunque en verdad había visto cosas extrañas en su trabajo ninguna como un suicida al que le diese tiempo a saltar y cerrar la ventana por la que acababa de salir.

—Sabe usted demasiado, señor Miñambres... —respondió al fin reflexivo.
—No crea, señor inspector —replicó con sonrisa pícara mientras retomaba sus notas—; sólo soy... observador. Un curioso en busca de historias que contar.
—Tenga cuidado, no vaya a ser que un día las historias se terminen...
—Ah, no. Para nada. Siempre hay historias que contar. Y todo el mundo, a fin de cuentas, se dedica a contarlas. Todos. Ya sea un científico, contando la historia de la realidad, o un político, contando la que le interesa. Pero todo el mundo cuenta historias...
—¿Y yo? ¿Qué historia cuento yo, señor Miñambres? —preguntó Linares, muy lentamente y amenazador. Había decidido por fin echarle de allí con una patada en el trasero.
—¿Usted? La mejor de todas, inspector. La historia del bien y del mal. La lucha entre la perseverancia del agente de la Ley y la habilidad del delincuente —sonrió a más no poder Miñambres, mostrando una perfecta dentadura cerrada en torno al ya consumido cigarro—. Mi favorita.

La respuesta descolocó a Linares, que no supo qué decir durante unos segundos. Y ni siquiera pudo soltarlo cuando por fin se le ocurrió, ya que lo llamaban con premura sus agentes desde el portal de la casa.

—Nada más que mirar aquí abajo, señor. ¿Subimos arriba? Quizás el suicida haya dejado una nota.

Pero Linares supo que no encontrarían ningún mensaje. Lo comprendió cuando se dio media vuelta y vio que el hombre había desaparecido sin dejar rastro. Y lo entendió al fin cuando, horas más tarde, le confirmasen que no existía ningún ciudadano llamado Ceferino Miñambres.".