viernes, 5 de diciembre de 2014

Lágrimas negras

La mina llora. 

Llora porque ya casi nadie se acuerda de ella. De lo que ha significado, significa y significará para esta tierra que tanto amamos. Porque le debemos mucho dolor, sí, pero también infinita vida. E infinitos símbolos de resistencia, de revolución. De lo que somos los asturianos: duros e indomables. 

Llora porque, cuando todo acabe, cuando el último pozo se haya cerrado y no quede ningún "abuelo picador" sentado en el pueblo contando su historia, sólo el perfil de los castilletes en lo profundo de los valles indicarán que existió alguna vez. Sola, en mitad de la tierra. Como Asturias.

Llora porque ya nadie la valora. Porque dicen que es mucho más rentable traer el mineral de afuera y cerrarla a ella, quedando la gente sin trabajo; sin pozos y sin alternativas. Mientras son otros, y no los mineros, los que se enriquecen de ti. De tu abandono. De tu muerte. 

La mina llora porque el grisú irrita sus ojos, porque los postes se le fracturan y porque con cada galería que se desquebraja se derrumba su corazón.

Llora por todo el daño del que se sabe responsable. Porque siente como suyos todos los huérfanos, todas las viudas. Todos los mineros de ojos enrojecidos que, rotos por el dolor y el cansancio, abandonan el pozo tras haber intentado lo que estaba de su mano para sacar a sus compañeros de la oscuridad.

Llora porque pocos cantan ya a "Santa Bárbara bendita". Y son menos aún los que se emocionan con ella. Al pensar en esos cuatro compañeros. En la camisa manchada de sangre. En todas las Maruxinas, leales y nerviosas, que esperan ansiosas oír la puerta de la entrada al abrirse, que se estremecen al escuchar los accidentes por la radio. O en todos los hijos e hijas que no pueden dormir, no hasta que acaba la jornada de trabajo y todo el mundo vuelve a casa, sano y salvo.

Llora porque está sola. Porque ya nadie la recorre. Porque no creo que exista imagen más melancólica y triste que la de la galería en la oscuridad, la jaula destrozada contra el suelo tras haber sido cortado su cable y el constante tintineo de las gotas que se filtran por las paredes, acompañando el grave y constante rumor procedente del corazón de la Tierra. 

Por todo eso llora la mina, y lloro yo. Lágrimas negras. Como el carbón.


Ninguna canción me puede emocionar tanto como ésta…

martes, 17 de junio de 2014

50 razones

Hace unos días me encontré con este artículo de Jot Down sobre 100 razones por las que la vida merece la pena, y si bien me pareció una idea interesante más aún lo fue el darme cuenta de que sólo coincidía en un par de cosas. Por ello he decidido elaborar mi propia lista, aunque más humilde (sólo 50) y centrada en momentos y sensaciones puntuales.

Así pues, y sin orden en particular…

  1. Bea.
  2. Sentir canciones como ésta. Por siempre.
  3. Escuchar el bramido del mar.
  4. Sentirte nada bajo un cielo estrellado.
  5. Ciertos paseos solitarios, inmerso en mis pensamientos.
  6. Todo lo que me queda por escribir.
  7. Inspirarme con el trabajo de los demás.
  8. Leer hasta las tantas sin darme cuenta.
  9. Lo mismo, pero con YouTube.
  10. Una siesta a la sombra de un buen árbol.
  11. Presenciar cómo evolucionaremos, qué más inventaremos.
  12. Presenciar cómo nos destruiremos.
  13. El estúpido éxtasis de ganar a juegos como el "2048".
  14. Los momentos de intimidad. Sí, también ésos.
  15. Tirarme en la cama y estirar bien las piernas tras un día demasiado largo.
  16. Una ducha relajante (ya sea fría o caliente, según la necesidad).
  17. Las parrillas familiares.
  18. Todas y cada una de esas cervezas que tomo con vosotros, amigos.
  19. Llorar de risa.
  20. Llorar de alegría.
  21. Llorar con el prólogo de "UP".
  22. Lo bien que sienta el cansancio tras el ejercicio físico.
  23. La victoria, sea en un deporte, un juego de mesa,…
  24. La inocencia de los niños.
  25. Que mis padres se sientan bien. Y orgullosos.
  26. La camaradería que tengo con mi hermano.
  27. Entender y valorar la naturaleza que nos rodea.
  28. Defender "El Principito" como lectura obligatoria.
  29. La libertad que da el poder soñar. Con lo que sea. ¡Y gratis!
  30. El vacío en el estómago cada vez que despega el avión.
  31. Viajar. Salir de la protección de mi escondite. Y conocer…
  32. Ir a Dallas, volver, y disfrutar de todo ello.
  33. Mejorar. Por mí mismo y por los demás.
  34. Cambiar el mundo de alguna forma, por poco que sea.
  35. Regar el árbol que plantaré.
  36. Compartir el libro que escribiré.
  37. Educar el hijo que tendré.
  38. Apagar la luz, cerrar los ojos y disfrutar de la música.
  39. Despertar con el frescor de la mañana, asomado a la ventana.
  40. Descubrir y aprender algo nuevo cada día. Y cuanto más difícil sea, mejor.
  41. Llenar un folio en blanco con una idea. También me vale una pizarra y un rotulador o tiza.
  42. Despertar y saber que puedo dormir un poco (mucho) más.
  43. Coger las baquetas y pretender ser un buen batería, ya sea con mis colegas o solo en casa.
  44. Intentar que los buenos recuerdos nunca queden en el olvido.
  45. Asistir a un concierto de cierto grupo. Y de ese otro. Y también de aquél.
  46. Sentir el afecto de los demás.
  47. El maravilloso, impredecible y, por más que queramos, incontrolable azar que rige nuestras vidas.
  48. Preguntarme siempre "¿por qué?", sin conformarme.
  49. Perder el miedo a la muerte.
  50. Comprender el sentido de la vida (y no, no es "42").

¡A vivir! Que son cuatro pipas…

martes, 18 de febrero de 2014

Sobre la inspiración

La necesitamos, y ella lo sabe.

Todos los que alguna vez hemos tenido delirios de escritor somos conscientes de que sin inspiración no somos nadie. Que nos es vital. Pero que también es caprichosa, como la ley de Murphy. E inoportuna, apareciendo cuando no podemos hacerles caso o escondiéndose cuando la buscamos desesperados (siendo éste, además, su pasatiempo favorito). Y de nada servirán nuestras quejas o ruegos al aire; sólo ella sabe cuándo hará acto de presencia.

Pero he de decir que esta imprevisibilidad no siempre es mala, ya que a veces la musa es también generosa y te regala algún que otro momento especial. Y siempre ocurre igual: de repente ves, escuchas o simplemente vives algo que te hace parar por un segundo mientras sientes que te inunda un cúmulo de sensaciones e ideas. Deseas volver a casa corriendo y ponerte a escribir sin parar, intentando plasmar gráficamente lo que sentiste durante ese momento de inspiración para poder transmitirlo.
Precisamente en los últimos días he recibido varios de estos obsequios, aunque por desgracia en ninguna de esas ocasiones fui capaz de sentarme a tiempo para escribir sobre ello. Para cuando lo hacía ya era demasiado tarde, resultando imposible recuperar esas sensaciones. Como las que me produjo aquel anciano en el centro comercial, leyendo con dificultad su lista de la compra antes de alargar la mano para coger un cartón de zumo de marca blanca. O aquella pequeña nota escrita a mano que ofrecía los servicios de un fontanero al que imaginaba como un padre de familia desesperado para el que los "brotes verdes" seguían siendo malas hierbas en forma de políticos o banqueros. O el perro que encontré hace poco atado a una señal de tráfico esperando obediente a su dueño, si bien yo no veía por los alrededores ningún establecimiento o bar que pudiese sugerir una parada temporal de su amo.

Son estos momentos, estas "fotografías" del día a día las que me remueven por dentro y me piden a gritos que escriba. Sobre lo que sea. La vida que sufrimos o la que quisiéramos disfrutar en realidad. Historias reales o ficciones espaciales. Lo que soy, o lo que ya jamás llegaré a ser.

A fin de cuentas: que escriba.

Y es así como uno se da cuenta de que, esencialmente, la inspiración es taimada, sagaz. Porque siempre se sale con la suya, siempre gana. Aunque creas que se ha olvidado de ti, y que te ha abandonado, siempre acaba volviendo. Y tú, tonto esclavo, escribiendo. Porque es lo que ella quiere de ti.

Y aquí me tiene. Sin tiempo ni fuerzas, y muy oxidado tras un largo periodo sin darle a la tecla. Pero aquí me tiene.