sábado, 25 de junio de 2016

Goodbye, UK… Adiós, sentido común…

Y que sea la política europea la que me haga volver a escribir…

Aclaración: no voy a hablar de economía, sencillamente porque no tengo ni idea. Es decir, nada de temas fiscales, comerciales o similares. Ni tampoco de asuntos legales, por la misma razón. Y eso que, según leo, todos estos aspectos son suficientes para llegar a la conclusión que la salida de Reino Unido de la Unión Europea es un error tan grande como el Big Ben. Pero no es de eso de lo que voy a escribir.

Me han entrado ganas de volver a teclear porque me duele ver cómo se resquebraja Europa. Cómo se va al garete una buena idea de cooperación y unión porque a la gente le debe de parecer cansado pensar por su cuenta, siendo mucho más fácil y cómodo dejarse engañar. Y todos sabemos que el euro tiene más sombras que luces, y que la Unión Europea en sí no es tan bonita como la pintan. Pero en el fondo de lo que hablamos es de una "idea", una "ilusión", que quiero pensar que sigue vigente. Y es justo eso lo que estamos empezando a perder ahora. Pero ojo, no con el Brexit. Este referéndum es la primera repercusión a gran escala de esos conatos de estupidez presentes desde hace tiempo en otros países como Francia, Holanda o Austria. Focos de populismo que atontan y controlan las masas, y que demasiadas veces van de la mano de la intolerancia y la xenofobia. Demagogia que se aprovecha de los peores momentos para alzarse con el poder, y dibujar una realidad lejos de la deseada.

Como si fuera la primera vez que ocurre esto en Europa, ¿verdad?

Luego está, claro, el tema de los resultados, que también tiene tela. Prácticamente un 52% a favor de la ruptura. La mayoría, nadie lo discute. ¿Pero de verdad un 52% es suficiente para seguir con el proceso? No, no voy a hablar ahora del (semejante) caso de Cataluña, ni de que la gente no tenga derecho a decidir. Faltaría más. Pero un poco de cordura, leñe. Una decisión de tal calado no puede determinarse tan a la ligera. No con un simple referéndum, donde además la opinión está dividida casi a partes iguales. Eso no es inteligente. Será democrático, pero no inteligente. Ni apropiado. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que la democracia es tan loable como imperfecta? ¿Tan malo es reconocerlo, e intentar corregirla?

Es interesante pensar cómo todo esto se ha desencadenado, en parte, por el tema de la inmigración. En concreto, los refugiados. Personas desamparadas que buscan ayuda. ¡Solidaridad! Curiosamente uno de los idílicos pilares sobre los que se asentaba la Unión Europea en su origen. Y no sólo eso, sino que estas personas están huyendo de zonas en guerra controladas por organizaciones terroristas. Vaya, justamente los mismos enajenados cuyo principal objetivo confeso es el desmoronamiento de Europa. ¿Es acaso ésta la victoria del terror? ¿De verdad estos descerebrados han sido más listos que nosotros?

Hace unos años, cierta exitosa serie de televisión ("Perdidos", vaya) popularizó la expresión "Live together, die alone" (que no es más que una variante de la tradicional "United we stand, divided we fall"). Vamos, que o sobrevivimos juntos o iremos cayendo por nuestra cuenta, y solos. Y ante el panorama actual no paro de recordar esa frase. Reino Unido. Cataluña. El muro de Estados Unidos… Me deja estupefacto ver cómo la gente cree que todos los problemas son culpa de los demás. Que encerrarnos en nuestra concha hará nuestra vida mejor.

Y ahora a saber qué pasará. Quizás, de alguna manera, todo vuelva a su cauce normal antes de hacerse efectiva la ruptura. O puede que a Reino Unido le siga Holanda o algún que otro país centroeuropeo, acabando así definitivamente con la Unión Europea. Y todo esto con Trump, flamante nuevo presidente de los excelentísimos Estados Unidos de América, felicitando a cada país por recuperar la libertad que les habían robado. A saber. Pero lo que está claro es que, a pesar de Internet, de los smartphones/smartwatches/smarthostias y de Hollywood, el ser humano sigue siendo una especie con frágil memoria.

Y ya nos vale…

viernes, 5 de diciembre de 2014

Lágrimas negras

La mina llora. 

Llora porque ya casi nadie se acuerda de ella. De lo que ha significado, significa y significará para esta tierra que tanto amamos. Porque le debemos mucho dolor, sí, pero también infinita vida. E infinitos símbolos de resistencia, de revolución. De lo que somos los asturianos: duros e indomables. 

Llora porque, cuando todo acabe, cuando el último pozo se haya cerrado y no quede ningún "abuelo picador" sentado en el pueblo contando su historia, sólo el perfil de los castilletes en lo profundo de los valles indicarán que existió alguna vez. Sola, en mitad de la tierra. Como Asturias.

Llora porque ya nadie la valora. Porque dicen que es mucho más rentable traer el mineral de afuera y cerrarla a ella, quedando la gente sin trabajo; sin pozos y sin alternativas. Mientras son otros, y no los mineros, los que se enriquecen de ti. De tu abandono. De tu muerte. 

La mina llora porque el grisú irrita sus ojos, porque los postes se le fracturan y porque con cada galería que se desquebraja se derrumba su corazón.

Llora por todo el daño del que se sabe responsable. Porque siente como suyos todos los huérfanos, todas las viudas. Todos los mineros de ojos enrojecidos que, rotos por el dolor y el cansancio, abandonan el pozo tras haber intentado lo que estaba de su mano para sacar a sus compañeros de la oscuridad.

Llora porque pocos cantan ya a "Santa Bárbara bendita". Y son menos aún los que se emocionan con ella. Al pensar en esos cuatro compañeros. En la camisa manchada de sangre. En todas las Maruxinas, leales y nerviosas, que esperan ansiosas oír la puerta de la entrada al abrirse, que se estremecen al escuchar los accidentes por la radio. O en todos los hijos e hijas que no pueden dormir, no hasta que acaba la jornada de trabajo y todo el mundo vuelve a casa, sano y salvo.

Llora porque está sola. Porque ya nadie la recorre. Porque no creo que exista imagen más melancólica y triste que la de la galería en la oscuridad, la jaula destrozada contra el suelo tras haber sido cortado su cable y el constante tintineo de las gotas que se filtran por las paredes, acompañando el grave y constante rumor procedente del corazón de la Tierra. 

Por todo eso llora la mina, y lloro yo. Lágrimas negras. Como el carbón.


Ninguna canción me puede emocionar tanto como ésta…

martes, 17 de junio de 2014

50 razones

Hace unos días me encontré con este artículo de Jot Down sobre 100 razones por las que la vida merece la pena, y si bien me pareció una idea interesante más aún lo fue el darme cuenta de que sólo coincidía en un par de cosas. Por ello he decidido elaborar mi propia lista, aunque más humilde (sólo 50) y centrada en momentos y sensaciones puntuales.

Así pues, y sin orden en particular…

  1. Bea.
  2. Sentir canciones como ésta. Por siempre.
  3. Escuchar el bramido del mar.
  4. Sentirte nada bajo un cielo estrellado.
  5. Ciertos paseos solitarios, inmerso en mis pensamientos.
  6. Todo lo que me queda por escribir.
  7. Inspirarme con el trabajo de los demás.
  8. Leer hasta las tantas sin darme cuenta.
  9. Lo mismo, pero con YouTube.
  10. Una siesta a la sombra de un buen árbol.
  11. Presenciar cómo evolucionaremos, qué más inventaremos.
  12. Presenciar cómo nos destruiremos.
  13. El estúpido éxtasis de ganar a juegos como el "2048".
  14. Los momentos de intimidad. Sí, también ésos.
  15. Tirarme en la cama y estirar bien las piernas tras un día demasiado largo.
  16. Una ducha relajante (ya sea fría o caliente, según la necesidad).
  17. Las parrillas familiares.
  18. Todas y cada una de esas cervezas que tomo con vosotros, amigos.
  19. Llorar de risa.
  20. Llorar de alegría.
  21. Llorar con el prólogo de "UP".
  22. Lo bien que sienta el cansancio tras el ejercicio físico.
  23. La victoria, sea en un deporte, un juego de mesa,…
  24. La inocencia de los niños.
  25. Que mis padres se sientan bien. Y orgullosos.
  26. La camaradería que tengo con mi hermano.
  27. Entender y valorar la naturaleza que nos rodea.
  28. Defender "El Principito" como lectura obligatoria.
  29. La libertad que da el poder soñar. Con lo que sea. ¡Y gratis!
  30. El vacío en el estómago cada vez que despega el avión.
  31. Viajar. Salir de la protección de mi escondite. Y conocer…
  32. Ir a Dallas, volver, y disfrutar de todo ello.
  33. Mejorar. Por mí mismo y por los demás.
  34. Cambiar el mundo de alguna forma, por poco que sea.
  35. Regar el árbol que plantaré.
  36. Compartir el libro que escribiré.
  37. Educar el hijo que tendré.
  38. Apagar la luz, cerrar los ojos y disfrutar de la música.
  39. Despertar con el frescor de la mañana, asomado a la ventana.
  40. Descubrir y aprender algo nuevo cada día. Y cuanto más difícil sea, mejor.
  41. Llenar un folio en blanco con una idea. También me vale una pizarra y un rotulador o tiza.
  42. Despertar y saber que puedo dormir un poco (mucho) más.
  43. Coger las baquetas y pretender ser un buen batería, ya sea con mis colegas o solo en casa.
  44. Intentar que los buenos recuerdos nunca queden en el olvido.
  45. Asistir a un concierto de cierto grupo. Y de ese otro. Y también de aquél.
  46. Sentir el afecto de los demás.
  47. El maravilloso, impredecible y, por más que queramos, incontrolable azar que rige nuestras vidas.
  48. Preguntarme siempre "¿por qué?", sin conformarme.
  49. Perder el miedo a la muerte.
  50. Comprender el sentido de la vida (y no, no es "42").

¡A vivir! Que son cuatro pipas…

martes, 18 de febrero de 2014

Sobre la inspiración

La necesitamos, y ella lo sabe.

Todos los que alguna vez hemos tenido delirios de escritor somos conscientes de que sin inspiración no somos nadie. Que nos es vital. Pero que también es caprichosa, como la ley de Murphy. E inoportuna, apareciendo cuando no podemos hacerles caso o escondiéndose cuando la buscamos desesperados (siendo éste, además, su pasatiempo favorito). Y de nada servirán nuestras quejas o ruegos al aire; sólo ella sabe cuándo hará acto de presencia.

Pero he de decir que esta imprevisibilidad no siempre es mala, ya que a veces la musa es también generosa y te regala algún que otro momento especial. Y siempre ocurre igual: de repente ves, escuchas o simplemente vives algo que te hace parar por un segundo mientras sientes que te inunda un cúmulo de sensaciones e ideas. Deseas volver a casa corriendo y ponerte a escribir sin parar, intentando plasmar gráficamente lo que sentiste durante ese momento de inspiración para poder transmitirlo.
Precisamente en los últimos días he recibido varios de estos obsequios, aunque por desgracia en ninguna de esas ocasiones fui capaz de sentarme a tiempo para escribir sobre ello. Para cuando lo hacía ya era demasiado tarde, resultando imposible recuperar esas sensaciones. Como las que me produjo aquel anciano en el centro comercial, leyendo con dificultad su lista de la compra antes de alargar la mano para coger un cartón de zumo de marca blanca. O aquella pequeña nota escrita a mano que ofrecía los servicios de un fontanero al que imaginaba como un padre de familia desesperado para el que los "brotes verdes" seguían siendo malas hierbas en forma de políticos o banqueros. O el perro que encontré hace poco atado a una señal de tráfico esperando obediente a su dueño, si bien yo no veía por los alrededores ningún establecimiento o bar que pudiese sugerir una parada temporal de su amo.

Son estos momentos, estas "fotografías" del día a día las que me remueven por dentro y me piden a gritos que escriba. Sobre lo que sea. La vida que sufrimos o la que quisiéramos disfrutar en realidad. Historias reales o ficciones espaciales. Lo que soy, o lo que ya jamás llegaré a ser.

A fin de cuentas: que escriba.

Y es así como uno se da cuenta de que, esencialmente, la inspiración es taimada, sagaz. Porque siempre se sale con la suya, siempre gana. Aunque creas que se ha olvidado de ti, y que te ha abandonado, siempre acaba volviendo. Y tú, tonto esclavo, escribiendo. Porque es lo que ella quiere de ti.

Y aquí me tiene. Sin tiempo ni fuerzas, y muy oxidado tras un largo periodo sin darle a la tecla. Pero aquí me tiene.

jueves, 7 de febrero de 2013

Retos a la carta (II): En 20x10 palabras

¿Recordáis a Jorge? Sí, el mismo que me retó en su día a escribir sobre una estantería. Pues ha vuelto a las andadas. Y esta vez no viene solo...

En esta ocasión la prueba consiste en escribir un relato que incluya palabras aportadas por nuestros compañeros del trabajo. Tenía que intentar, por supuesto, que el texto tuviese sentido, sin usar frases forzadas. Es decir, que las palabras se amoldasen al relato, no al revés.

Como me gustó la idea nos pusimos a preguntar y recopilamos 20 términos. Y hay de todo, desde vocablos normales y típicos ("hija" o "coche") hasta una excentricidad que nadie había oído antes: "almadraba" (muchas gracias, Víctor...). El repertorio final, ordenado alfabéticamente, es el siguiente:

almadraba 
armario 
caca 
coche 
cojinete 
comisura 
fresa 
hija 
limón 
martillo
melocotón 
mimosa 
mochila 
patata 
pipeta 
primavera 
probeta 
puta 
rayas 
tejón

Una vez obtenidas todas ellas sólo faltaba limitar la extensión. Por ello, y para hacerlo más emocionante (y simple) determinamos poner un límite de 200 palabras (es decir, una de la lista por cada diez del texto). ¡Y ya está!, reto creado. Sólo faltaba escribir.

Y es ahora cuando os presento, para bien o para mal, el resultado final. No sin antes deciros que estoy abierto a cualquier reto que queráis proponer para esta nueva sección.

En cuanto a éste... Ya me dirán mis compañeros si he superado la prueba...



···


«Empieza por “A”: “pesca de atunes”».
Almadraba... Sara susurró despreocupada la palabra viendo los coches pasar por la Avenida de las Mimosas, adornadas ya desde principios de la primavera con sus flores color limón. Se giró y observó a su padre toser de pie frente al televisor, manchando con restos de fresa su camisa a rayas favorita; aquélla que siempre le hacía parecer un enorme y torpe tejón. —Ya está la listilla... ¿Y por qué no vas tú al programa, hija? Así podrías conseguirnos algo de dinero y dejarte de pribetas y popetas de una puta vez —bramó, recogiendo el martillo del suelo y arrodillándose sobre el cojinete de coser de la abuela, dispuesto a reparar al fin el carcomido armario del salón. —Y dale... Son ”probetas” y “pipetas”, papá —corrigió Sara, limpiándose de la comisura de la boca el jugo del melocotón que estaba comiendo—. Y ya sé que no dan mucho dinero, pero al menos tenemos patatas cocidas y algo de fruta... —¡Oh! Muchas gracias, Ciencia... ¡Por esta caca de banquete! —se burló él. Harta cogió la mochila y se fue con un portazo, sin poder evitar sonreír al escuchar el mueble derrumbarse en el interior.

viernes, 4 de enero de 2013

El regreso


¿A quién pretendes engañar?

Por mucho que reniegues y amagues con abandonar
siempre acabas volviendo; unas pocas palabras más.

Ni la falta de tiempo ni la desgana en general
acaban por impedir que dejes la tecla en paz.

Pero aunque dices que basta, que quieres cambiar
y ser capaz de componer cada día un poco más
la realidad es la rutina; permaneces igual.
Sin coger siquiera un boli, viendo el tiempo pasar.

Te gusta escribir, ¡sí! Te gusta imaginar.
Te encanta dar forma a batallas y amistad.
Así que deja las tonterías: afronta la verdad.
Saca un hueco de donde sea, de aquí o de allá,
y satisface tus ansias hablando del bien y del mal.

Álvaro, ¿a quién pretendes engañar?
Necesitabas regresar.

viernes, 15 de junio de 2012

Vacaciones Santillana

"—Se nos olvida algo... Estoy segura —sentenció Dolores meneando la cabeza.
—No empecemos, Loli, ¡por favor te lo pido! —rogó su marido encorvado sobre el volante—. ¡Si ni siquiera hemos salido de la ciudad!
—Pero falta algo, ¡seguro! Y me desespera no saber el qué... Déjame repasarlo todo otra vez: persianas cerradas, luces apagadas,...

La escena se repetía un verano más en el pequeño utilitario de los Santillana. Habían salido muy temprano, en un vano intento de evitar el colapso de la autopista. Pero Jacinto sabía que eso era imposible; que a esas horas todo el mundo trataba de salir en dirección a la costa. Como ellos. Cinco horas de asfixiante viaje en aquel diminuto coche lleno de maletas. Y de niños:

—Papá, tengo sed.
—Pues bebe, hijo.
—Pero es que está caliente.
—Pues es lo que hay.
—Pero yo no quiero agua caliente.
—Ni yo aguantarte todo el viaje, Lucas. Así que o lo bebes o te callas o paro el coche y te tiro de cabeza al río más cercano para que te hartes de agua fresca.

Jacinto oyó cómo Lucas, tras unos segundos de duda, abría la botella y le daba un buen trago. A su lado Dolores seguía repasando.

—..., puerta cerrada con llave, las tres maletas en el maletero,...
—Loli, cariño, ¡relájate! Todo está en orden, ¡nos vamos de vacaciones!
—¡Claro mamá! Ahora por lo menos nos reñirás estando en la playa —bromeó Lucía, la mayor.
—Ya, ya... Espero que no me deis ningún susto en el agua, o que a Rosi no le dé por desaparecer bajo la arena, ¿eh, Rosi? —rió a su vez la madre preguntando a la más pequeña, pero al no recibir respuesta alguna se sobresaltó—. ¿Rosa? ¡Ay Jacinto, ya está, que nos hemos dejado a Rosa en casa!
—Chsst, ¡mamá! ¡No des voces! Se quedó dormida en cuanto arrancó el motor.

A Jacinto cada vez le temblaba más el pie sobre el pedal del embrague. Se suponía que era el día en el que empezaba la tranquilidad y decía adiós al estrés. Pero la playa estaba todavía demasiado lejos...

—Papá...
—¿Qué, Lucas...?
—Tengo pis.
—¡Será posible! ¡¿Y tú ahora por qué lloras, Loli?!
—¡¡Porque no recuerdo qué he olvidado este año!! —estalló Dolores, enrabietada.

Las vacaciones de los Santillana empezaban por todo lo alto.".


···

Un pequeño e inocente relato justo antes de irme de vacaciones. Quince días en los que espero leer bastante, escribir mucho y desconectar totalmente de la rutina diaria.

Y en verdad quiero aprovechar estas dos semanas para tener al fin el tiempo necesario para pensar y dar formar a varios proyectos que tengo pendientes. Entre ellos dar un verdadero arreón al mundo de Cohntinua (escribiendo el Segundo Capítulo y continuando con el diseño de personajes y criaturas), ideas para este blog (una rima, dos nuevos relatos, las aventuras de Dinoacetil CoA,...) y otros proyectos más ambiciosos que no tienen forma de blog.

Pero como siempre, del dicho al hecho hay mucho trecho, así que ya os contaré a mi vuelta.

Portaos bien y disfrutad todo lo que podáis estos días.

Hasta la próxima.

lunes, 21 de mayo de 2012

Historias que contar

"El inspector frunció el ceño mientras volvía a bajar la sábana, tapando con cuidado el rostro desfigurado del joven. La caída había sido breve, pero mortal de necesidad desde un séptimo piso. Y para Linares la cosa estaba clara: un pequeño salto y adiós a las deudas, el paro y la madre que los parió a todos.

Se levantó y vio a su alrededor a los dos agentes que empezaban a inspeccionar el lugar antes de subir a la vivienda del ahora cadáver: Roberto Pedregal Cortés. Toledano, de 29 años. Casado y sin antecedentes. También observó resignado la multitud que se agolpaba ya en torno al cordón policial, murmurando y especulando a voces. Morboso y ávido de sangre, como siempre había sido el populacho en la humanidad. Destacaba sin embargo, entre tanto revuelo, un pequeño pero fuerte hombre de sombrero calado y hombros anchos. Llevaba en la boca un cigarro a medias y entre sus toscas manos una pequeña libreta donde anotaba sin parar con un lápiz.

Fue esto último lo que más inquietó al inspector Linares, que dejó al muerto descansar en paz por un momento para dirigirse a él:

—Buenos días.
—Buenos días, señor inspector —saludó el tipo mientras escribía—; una mañana movidita, ¿verdad?
—Sí, eso parece señor... —respondió inquisitivo, forzándole a mantener una conversación.
—Miñambres. Ceferino Miñambres —se presentó al fin, mirando de arriba a abajo al agente para describirle con detalle en su cuaderno.
—¿Se puede saber qué escribe usted con tanto interés, señor Miñambres? —El tono del inspector sonó autoritario, incluso irritado—. ¿Es usted escritor?
—¿Escritor? ¡Oh, no! Yo no soy escritor... No invento las historias, ¿sabe? Sólo... escribo lo que veo.
—¡Ah! Entiendo... Es usted periodista —El policía no bajó la guardia; detestaba que los periodistas hurgaran en plena investigación.
—No, no... Los periodistas escriben los sucesos tal y como ocurren; como son. O al menos así debería de ser... —explicó el hombre sin dejar de anotar—. Hechos fríos; objetivos. Yo sin embargo intento contar toda una historia, sin inventarme nada, a partir de lo que observo.
—¿Y qué es lo que observa aquí, señor Miñambres? No sé por qué pierde el tiempo en un simple suicidio...

Ceferino Miñambres dejó por primera vez de balancear el lápiz sobre el papel y clavó su mirada sobre el inspector, perplejo. Molesto.

—¿Un simple suicidio, dice usted? Yo no estaría tan seguro de ello, querido inspector. Ya desde aquí he podido percibir detalles que me hacen pensar inequívocamente en un homicidio.
—¿Ah sí? ¿Y cuáles son? —preguntó Linares mesándose el bigote mientras decidía si deshacerse o no de aquel charlatán.
—Bueno, en primer lugar destacaría el cepillo de dientes que se encuentra allí en el suelo, muy cerca de él, y que supongo agarraba cuando fue arrojado por la ventana —señaló con el lapicero—. Nadie se suicida mientras se lava los dientes...
—...Cosas más extrañas he visto...
—... o cuando acaba de tener una hija recién nacida, tal y como están contando los vecinos.
—Son evidencias endebles y demasiado forzadas, ¿no cree? —carcajeó el inspector triunfante.
—No, no lo creo. Sólo refuerzan la pista más clara: no hay ni una sola ventana abierta en todo el edificio.

Linares abrió la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente tras mirar hacia arriba. El tal Ceferino Miñambres tenía razón: todas las ventanas estaban cerradas. Incluso las del hogar del difunto. Y aunque en verdad había visto cosas extrañas en su trabajo ninguna como un suicida al que le diese tiempo a saltar y cerrar la ventana por la que acababa de salir.

—Sabe usted demasiado, señor Miñambres... —respondió al fin reflexivo.
—No crea, señor inspector —replicó con sonrisa pícara mientras retomaba sus notas—; sólo soy... observador. Un curioso en busca de historias que contar.
—Tenga cuidado, no vaya a ser que un día las historias se terminen...
—Ah, no. Para nada. Siempre hay historias que contar. Y todo el mundo, a fin de cuentas, se dedica a contarlas. Todos. Ya sea un científico, contando la historia de la realidad, o un político, contando la que le interesa. Pero todo el mundo cuenta historias...
—¿Y yo? ¿Qué historia cuento yo, señor Miñambres? —preguntó Linares, muy lentamente y amenazador. Había decidido por fin echarle de allí con una patada en el trasero.
—¿Usted? La mejor de todas, inspector. La historia del bien y del mal. La lucha entre la perseverancia del agente de la Ley y la habilidad del delincuente —sonrió a más no poder Miñambres, mostrando una perfecta dentadura cerrada en torno al ya consumido cigarro—. Mi favorita.

La respuesta descolocó a Linares, que no supo qué decir durante unos segundos. Y ni siquiera pudo soltarlo cuando por fin se le ocurrió, ya que lo llamaban con premura sus agentes desde el portal de la casa.

—Nada más que mirar aquí abajo, señor. ¿Subimos arriba? Quizás el suicida haya dejado una nota.

Pero Linares supo que no encontrarían ningún mensaje. Lo comprendió cuando se dio media vuelta y vio que el hombre había desaparecido sin dejar rastro. Y lo entendió al fin cuando, horas más tarde, le confirmasen que no existía ningún ciudadano llamado Ceferino Miñambres.".

lunes, 12 de marzo de 2012

Sonidos de Cohntinua: Los Nuevos Moradores

Inauguro, por fin, el cajón de "Melodías" con algo procedente de otro de mis blogs: Cohntinua.

Hace un tiempo, mientras escribía el primer capítulo de las peripecias de los Sóntur en Cohntinua, me propuse acompañar cada episodio con una "canción", una pista que evocase un poco lo que se acababa de leer. Melodías simples (quizás demasiado, debido a mi pequeña capacidad de composición) que conformasen, al final del viaje, una verdadera banda sonora de la historia y del blog.

Es por tanto el momento de empezar ese viaje sonoro, con las melodías introductorias (identificadas más abajo) procedentes del primer capítulo: "Los Nuevos Moradores"

Que lo disfruten, que sean capaces de perdonar la mala calidad del sonido (y las posibles notas plagiadas, y la simpleza del todo...) y que con cada capítulo pueda traeros más:




00:00 - 00:20 — Cohntinua
00:20 - 00:40 — Lar Sóntur
00:40 - 01:00 — Lar Yared
01:00 - 01:24 — Lar Zarog
01:24 - 01:48 — Lar Xanti
01:48 - 02:04 — Lar Nalûk
02:04 - 02:12 — Lar Sóntur (bis)
02:12 - 02:28 — Cohntinua (bis)

jueves, 1 de marzo de 2012

Fin del trayecto


Se había fijado en él incluso antes de que se sentara a su lado. Su corriente aspecto y su serena actitud le habían llamado la atención desde el momento en que le vio subir al autobús. Carraspeó nerviosa y guardó el periódico del día, en el que volvían a hablar de aquellos extraños asesinatos; dos conductores del transporte urbano muertos en el último mes.

—Menudo tráfico hay hoy, ¿eh? —dijo al fin, nerviosa, tras varios minutos—. Son todo frenazos y acelerones...
—Sí, el típico viaje en autobús... Y tampoco la pericia del conductor ayuda mucho, la verdad —replicó el extraño muchacho con cierto desprecio, tras permanecer callado durante unos segundos sorprendido de que la chica le dirigiera la palabra—. Éste es además uno de los peores...
—Jaja, ¿acaso conoces a todos los conductores de Granada?
—Podría ser. Si no a todos a la gran mayoría. Y pocos se salvan...

La chica le vio hundirse en el abrigo, volviendo a sus propios pensamientos. Ella asintió con la cabeza, dando su aprobación.

—Son horribles, sí... Desquician a cualquiera. Y no sólo ellos, sino el transporte urbano en general. El servicio de la Universidad es exasperante, entre retrasos y problemas varios... Pero veo que no somos los únicos que tenemos algo contra ellos... —afirmó la joven, señalando con el dedo el titular del periódico.

Su acompañante se giró hacia ella y la miró fijamente a los ojos, como si intentara ver en su interior.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó con curiosidad, sonriendo.
—Leticia, ¿tú?
—Leticia... ¿Y a qué te dedicas?
—Soy bióloga. Sí, aún existimos —bromeó al ver su cara de sorpresa—. Bióloga de bota, en concreto; y eso que dicen que la bata de laboratorio me sienta muy bien. ¿Pero qué hay de ti?
—Bueno... Antes era vigilante; nocturno. Mas eso se acabó hace algo más de un mes, cuando me despidieron al llegar tarde por enésima vez, debido al autobús... Ahora me dedico a... poner las cosas en su sitio.

Leticia no llegó a comprender del todo el sentido de sus palabras, pero le daba igual. Aquella eterna y misteriosa sonrisa le había conquistado por completo. Estaba absorta en él; tanto que ni se enteró del último y desproporcionado frenazo del vehículo, ni de la blasfemia lanzada por el muchacho.

—Bueno, fin del trayecto. Aquí me bajo —le dijo en voz baja—. Ha sido un placer conocerte, Leti; espero que volvamos a vernos pronto.

El chico le sonrió por última vez y se levantó en dirección a la parte delantera. Sosegado, como siempre. Tranquilo incluso cuando sacó la pistola del interior de su chaqueta y apuntó al conductor, que acababa de abrir la puerta. Impertérrito al bajar las escaleras, acompañado por un pequeño reguero oscuro de sangre. Satisfecho, cruzando la calle.

Ajeno a la histeria desatada en el autobús. Como Leticia, que suspiraba mirando por la ventanilla.

—Pues es bien mono...


···

De nuevo un pequeño relato. Y de nuevo por un reto procedente de Twitter.
Esta vez por parte de Leticia, que tras un intercambio de opiniones sobre lo desesperante que puede llegar a ser el transporte urbano me propuso un relato (con cameo incluido) en el que un usuario desquiciado se dedicase a matar "autobuseros".

También por ello esta entrada va a dedicada a todos los que hemos sufrido alguna vez los retrasos, frenazos y agravios varios de este tipo de transporte (aunque también considero que es un trabajo en el que se puede perder la paciencia fácilmente).

Hasta la próxima.